26 septiembre 2013

Ultimo café en el Kaffebrenneriet

Armas de seducción masiva.


Llamas a Pedro que está en el páramo llano.


Fallecer, morir por un fallo.


Fosas nasales, donde se entierra el olor.


Fiebre y dinero, no se tienen, nos tienen (Séneca).


Prostitución, relativo la próstata.


Mudarse, cambiarse de ropa en silencio.




21 septiembre 2013

Sommerkaffe





LOS INFORTUNIOS DE LA EXISTENCIA



Todo empezó mal desde el principio. El viernes, el día antes de volver para Noruega, había quedado con Nerea en la estación de autobuses de Oviedo. Llegaron tres Alsas y no venía en ninguno. Confusión y desconcierto. Esperé allí dos horas, entrando y saliendo de la estación como si esperase a alguien que no iba a llegar. Al final la llamé desesperado. Resulta que había cogido el tren, que tarda el doble, y no se le ocurrió avisarme. Estuvimos juntos unas horas. Volvimos a Infiesto en mi coche de alquiler; la dejé a la entrada porque ella no quería que nos vieran juntos. El sábado, salí con mis hijos para el aeropuerto a las doce. No pasé por el Glorioso a despedirme. No volveríamos a vernos. 

Annicken había llegado de Grecia y estaba en Sandvika desde hacía una semana. En un mensaje me había dicho que fuera a desayunar el domingo por la mañana. A las 10 cogí la bicicleta y me presenté en su casa. No había rastro de desayuno. Me pidió que la ayudara a levantar la mesa nueva de la terraza, porque sola no podía. Se preparó un té y puso la cafetera para hacerme un café a mí. Me llevó al piso de arriba para enseñarme su habitación, que había estado pintando. Cuando bajamos mi café había quemado y tuve que tirarlo. Tomé un té con una galleta de avena. Después de unos roces involuntarios sentados en la escalera de madera de la terraza, y terminadas las últimas frases sobre casa y vacaciones, salimos a tomar un café al Kaffebrenneriet. Yo con mi bicicleta y ella a pie. Hablamos de lo siguiente: la semana de vacaciones con sus tres hijos en Grecia, mis vacaciones con mis tres hijos en Llanes; los planes de renovación de la terraza, del baño, de la cocina, del sótano; de sus padres, académicos jubilados; vimos sus fotos de Grecia y las mías de Llanes en los móviles. Me contó que se había apuntado como voluntaria al festival de Risør. Esto me sorprendió porque parecía que no se acordaba de que todavía me quedaba una semana de vacaciones. Pensé dejar para el final mi confesión. No quería que fuera en su casa. En el Kaffebrenneriet tomamos té, café y cruasanes. Hubo toques y caricias, que yo traté de evitar. Mientras hablábamos en la terraza en medio de la plaza estuve a punto en dos ocasiones de decirle lo que le iba a decir, pero no me decidí.  Parecía cada vez más confiada, con su dialecto incomprensible de Bergen y su humor socarrón. A la media hora se levanta y va al baño. Cuando vuelve y se sienta, antes de que abra la boca, la miro fijo a los ojos y sucede esta conversación, en noruego, claro, que es como se habla aquí; lo pongo traducido para que lo entendáis, que los españoles no tenéis ni puta idea de idiomas:
- Tengo que decirte una cosa.
- Vaya, el qué...
- Encontré a una persona en las vacaciones.
- (Sonrisa). Ya me parecía.
- Una chica que conocí hace dos años y con la que inesperadamente volví a coincidir. Tomamos la decisión el viernes de estar juntos, quería decírtelo lo antes posible. Siento que haya ocurrido esto.
La acompañé a su casa, le dije que quería despedirme de ella adentro; lo hicimos efusivamente en la cocina. Luego cogí la bici y me fui a casa, a escuchar por teléfono la voz aterciopelada de Nerea durante 58 minutos seguidos. 

Fue a partir de aquí que empezó mi calvario. Todos los días hablábamos por Lime, una aplicación para el móvil que se cortaba continuamente. Tenía el ordenador escachifollado y no podíamos usar Skype. El fin de semana fui a Kristiansand con el trabajo. Durante todo el domingo no habíamos podido hablar por culpa del viaje de vuelta. De noche me desperté a las cuatro sobresaltado por una tormenta repentina. La llamé por la mañana. Me echó un rapapolvo así sin más. Me reprochó que hubiera hablado con cierta prima mía de lo nuestro. Se me había escapado comentárselo en un mensaje. Quedamos en llamarnos el martes. 

Estaba al teléfono con mi madre y sonó el móvil. Era Nerea. Le colgué a mi madre en el acto. Cuando escuché su suave voz se me desvaneció el temor. El huracán caribeño había remitido sin haber causado mayores estragos. Seguimos planeando nuestro encuentro en septiembre, en Londres o Santander. Y también planeábamos pasar una semana juntos en noviembre aquí en Sandvika, cerca de Oslo. Si todo salía bien.

La noche siguiente salí antes del trabajo para llamarla desde casa con más sosiego. A las 23 no cogió el teléfono. Entonces sentí un nudo en la boca del estómago. Solté el libro que iba a leer. Dormí peor que cuando la tormenta en Kristiansand. Por la mañana no pude salir al bosque por culpa del tendón de Aquiles y me quedé en casa componiendo en mi cabeza mensajes de despedida. Sin esperanza y sin convencimiento esperé el resto del día a ver sonaba el móvil al fondo del túnel.


Al día siguiente por la mañana tuve que mandarle un mensaje de emergencia desde el trabajo, creo que había pasado otra noche sin dormir. Al poco sonó el móvil. ¡Qué gozo, qué saltos, qué cojonudo! Resulta que el silencio había sido culpa de su móvil, que le falla la batería. No había pasado nada. Una falsa alarma, un exceso de hipersensibilidad por mi parte. Esa misma noche pudimos hablar por fin. El día anterior había estado superocupada y no se le había arreglado responder a mis mensajes. Yo ya tenía casi organizado el viaje para ahora en septiembre, pero ella no podía confirmar si se le arreglaba hasta el último momento, dependía de una compañera que le cambiara el turno. Qué horror.


Al día siguiente larga conversación, pero no a las diez de la mañana como habíamos quedado. La llamé a esa hora en punto y no me contestó. Después llamé a las dos y hablamos media hora. Noté que me estaba empezando a dar largas, le dije que se mostraba reticente (palabra que nunca había oído), que hablaba de amistad, que se salía por la tangente. Dijo que tenía la intención de volver a su país caribeño quizá el año que viene. Desconcierto total en mi cabeza, porque yo también me había hecho a cierta idea, pero para más adelante. 


Comprendí que esta historia no tendría futuro. Me vi como el Chen Fu de "Los infortunios de la existencia" y el Proust de "Albertine disparue", juntos. La cosa no pintaba nada bien. Yo estaba poniendo más leña en el fuego que ella. Ella se reprimía.  Llamé a Annicken y salimos tomar un café por la tarde. Annicken sabe encajar las derrotas, no como yo, aunque todavía no me habían derrotado del todo.


A los dos días, en el trabajo, estaba de reunión con el jefe y el secretario cuando sonó la maravillosa melodía de Line; cogí el móvil y salí diciendo que era una llamada urgente de España. Y lo era. Prácticamente yo ya había tirado la toalla la noche anterior. Había decidido, casi, no llamarla más, y pensé que ella no me llamaría. Disimulé la alegría. Le dije que estaba algo preocupado por tantas interrupciones, sin sentido para mí. Me dijo que no pasaba nada, que si no hablábamos una día que hablaríamos al siguiente. Con esa lógica aplastante quedé conforme. Otra vez que después de pasar todo no pasó nada. Además me mandaba fotos en poses sugerentes.


La cuestión era que yo seguía escribiéndole mensajes kilométricos y llamándola, pero no había respuesta. El texto de los mensajes lo escribía todo seguido en una aplicación del móvil y luego lo pegaba en Line en mensajes cortos para que le llegaran más rápido. 


Una o dos noches después me despertó el móvil a las 2.30. Hablamos como en sueños. Me despedí de ella con un I love you en español. Al día siguiente me di cuenta de que me había pasado; tenía que haber esperado a que estuviéramos juntos para decirle eso que digo siempre.


Por la mañana le escribí: "Nery, ¡me quedo tan a gusto después de hablar contigo!, aunque se corte la línea todo el tiempo. Me gusta oír tu voz tan sensual y dulce, me consuela de tu ausencia y casi me hace olvidar que estamos tan lejos el uno del otro. Tan en peligro. Saber que estás ahí, que no me olvidas, me da ánimos y fuerzas para seguir buscándote, esperándote, alimentando mi ilusión de verte pronto, de estar contigo algún día, sea donde sea, pero juntos. Yo no sé si soy lo que tú quieres, pero yo sí sé que tú lo eres. Cada vez lo tengo más claro. Ojalá pudiera abrir un resquicio en tu corazoncito para introducir el mío por él  y contagiarte con una pasión idéntica a la mía, y no dejarlos que se separen nunca. Tuyo, Luis". Esto le puse en el mensaje. Ninguna respuesta.


A la noche siguiente volvió a sonar el móvil a las 2.18. Estaba despierto. Las dudas que me asolaban no me dejaban dormir. Me hablaba desde la cama con voz melosa. Me decía que había pensado en mí y que sentía lo mismo que yo. Entonces le dije que tenía que decirle algo y le dije: "Te quiero, mi amor". Se hizo la sorprendida. Traté de disculparme, me pareció precipitada la declaración. Para mi sorpresa contestó: "Espero merecerlo". El resto de la noche lo pasé en un estado intermedio entre el ensueño y los sueños. Quedamos en hablar por la mañana y me llamó a las 11. Estaba haciendo empanadillas y venía alguien a verla, así que cortamos la conversación.


Por la noche le escribí seis mensajes y llamé dos veces. Silencio. Su WhatsApp permanecía inactivo desde por la mañana.

A la noche siguiente nueva llamada, era la 1 de la mañana. Hablaba de que tenía que devolver el móvil que le había dejado una amiga. Mis temores por enésima vez volvían a ser infundados. También había tenido migraña, por la vista y el estrés del trabajo. Mañana hablaríamos con más calma. Vale.

Lo primero que hice cuando desperté fue mirar el WhatsApp. Había escrito o llamado a alguien a las 6.14, antes de ir a trabajar. Aquí ya no supe qué pensar. De repente me sentí como en una noche de temporal al borde de un acantilado en Llanes. 

Pasaron varios días. La última vez que hablamos fue el martes a medianoche. Quería que pusiéramos las cartas sobre la mesa, que aclarásemos cuales eran nuestras intenciones. El miércoles y el jueves la llamé varias veces y le escribí. Silencio.


El sábado le mandé este mensaje, que no sé si habrá leído: "Hola Nery. Te escribo para despedirme. No hace falta que me contestes. He tenido la suerte de conocerte y quiero darte las gracias por todo. Te he abierto mi corazón y desde el principio te dije claramente lo que sentía por ti. Espero no haberte molestado en nada; nunca respondiste a ninguno de mis mensajes, no sé por qué, ni sí ni no. Habíamos quedado en hablar, pero no me llamaste más. No pude decirte que mi intención era pedirte que vinieras conmigo para Noruega, para estudiar, trabajar, vivir juntos. No pudo ser. Me gustaría que al menos quedáramos como amigos, y no desaparecer sin decir adiós. Aquí está el mío".


Ayer por la mañana nuevo café con Annicken. Por la noche fuimos al cine. Había comprado dos entradas para el último concierto que daba la Kaizers Orchestra antes de disolverse, retransmitido en directo desde Stavanger. Hoy le devolví el dinero de la entrada y he decidido no volver a verla. 


De ahora en adelante solo montaré en mi bicicleta. Y no entraré más en el Kaffebrenneriet.


La historia, sin embargo, no acaba aquí...

















15 septiembre 2013

Cortado



EL ULTIMO MENSAJE



Mi memoria de ayer yace en un pozo

de decepciones y melancolía;
tu silencio total, la algarabía 
que heredará de ti mi muerto gozo.
Todo a mi alrededor es un destrozo,
en mitad de la noche. Oscura y fría
va mi pasión en vela por el día
y el corazón partido trozo a trozo.
Atroz será la vida que me espera,
sin ti, perdido y solo en la ladera
con el abismo al fondo; ni un sonido
del móvil que te saque del olvido. 
Aquí va mi mensaje en la botella
de un náufrago perdido sin estrella.


13 septiembre 2013

Klassisk espresso

Tengamos la guerra en paz.

Demócrata devoto,
demócrata dé voto.


Lin Wei: Una vez me robaron la cartera de mi bolso, que estaba en la moto; me robaron también el bolso, y cuando llegué tampoco estaba allí la moto.

Tirarse desde lo alto de la torre Eiffel y caer en tus brazos.


Armas de destrucción masiva,
masiva destrucción de armas.

Todos los hombres son mortales,
soy mortal,
luego soy todos los hombres.


Un segundo es igual a otro,
un día es igual a otro,
una vida es igual a otra.


Pierre Ménard de Avellaneda, autor del Quijote de Avellaneda.


05 septiembre 2013

Enkel cortado

Te matas de la hostia que te das, no de la hostia a la que vas.


Las visicitudes de la diva.


X es mortal, 
X murió, 
luego X es doblemente mortal.


Indiferente, que no importa que no sea igual.

Quevedo usaría lentillas.


Cameron de las Islas.


¿Es seno o no es seno? No sé.
No sé si es seno o si no es.
Si es seno es, si no es seno no es.
No sé, no sé, no seno, seno, sé.


Miente, terminación de falso adverbio.
Amor al aroma.Asir a la risa.


¿Ya ves las llaves?

Ateo, ni fe ni fa.


Crucifijo, fijo en la cruz.


Democracia directa, indirecta y circunstancial.


Posibilidades del abanico, abanico de posibilidades.


Diccionario de ideas recibidas, ideas recibidas del diccionario.


La cesta de la compra, la compra de la cesta.


Historia universal de la infamia, infamia universal de la historia.


Nadie nada nunca.